Un hombre, solo uno

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Daniel 5:11 “En tu reino hay un hombre…” “Yo he oído de ti”

Daniel nos deja asombrados cada vez que leemos su historia en la cautividad. Desde joven fue llevado a la diáspora a un país ajeno a sus costumbres. Le cambiaron su dieta. Le cambiaron su nombre. Le cambiaron su familia y su educación.

Pero no le cambiaron su convicción. Sus principios. Sus valores. No importaba que estuviera en la corte del rey más poderoso de su tiempo, él no era quien dictaba sus principios. Su fe estaba basada en la creencia en un solo Dios. No negociable. Aunque hicieran mil estatuas y dictaran edictos que ordenaban su adoración, Daniel se mantuvo firme en sus cimientos. No permitió que ninguna levadura pagana lo apartara de su fe. Era humano, sí, como nosotros. Era un hombre, sí, como nosotros. Tenía sentimientos, sí, como nosotros. Tenía muchas cosas más como nosotros… pero tenía algo que muchos de nosotros los pastores no tenemos: convicción.

Vivir en medio de una sociedad como la de Daniel debió ser algo bastante difícil. Acoso de parte de los religiosos de su tiempo. Acoso por parte de las figuras políticas de su tiempo. Acoso por parte de sus vecinos idolatras. Sin embargo él se mantuvo firme. No claudicó. No negoció su fe. Su estandarte se mantuvo inamovible durante el tiempo que permaneció en esa tierra a donde fue llevado en contra de su voluntad.

Y prevaleció. Su testimonio fue observado durante mucho tiempo. En secreto, muchas personas se percataron que ese hijo de Israel era diferente. Que ese hombre después de tantos años de bregar en medio de la podredumbre de aquella sociedad pudo mantenerse incólume con respecto a sus principios.

Ese fue Daniel.

¿Y nosotros? ¿Nos damos cuenta que hay muchos ojos puestos sobre nuestra vida privada y pública? ¿Nos damos cuenta que hay muchas personas girando a nuestro alrededor esperando ver en qué momento caemos en las tentaciones de este tiempo? ¿Estamos conscientes de que estamos siendo observados por todos los niveles de esta sociedad en la que nos tocó vivir? En los púlpitos y fuera de ellos es donde se prueba de qué material estamos hechos. En nuestro mensaje a la congregación. Ante los poderosos de este siglo. Ante los sobornos y los pecados que están en la mesa de nuestras vidas cada día. En nuestro estilo de vida, en nuestra relación con nuestros cónyuges, con nuestros hijos y vecinos. Son ellos quienes están observando si lo que predicamos es cierto, pero no porque la gente cae cuando los tocamos, no cuando la gente llora después del mensaje, no cuando la gente grita y se despeina cuando ministramos. Es cuando estamos en lo secreto de nuestras casas. En el pasaje donde vivimos. En la tienda donde compramos. En el banco dónde depositamos nuestro dinero. En el restaurante donde comemos.

¿Cuánto tiempo pasó desde que Daniel había salido del foso de los leones? Mucho tiempo. Pero después de tantos años, uno de los gobernantes necesitaba un consejo. Sus consejeros no eran confiables. Sus ministros no eran los sabios que decían ser. Sus teólogos no tenían las respuestas que él necesitaba. Estaba desesperado por lo que había visto en la pared después de una fiesta pagana. Le temblaba todo su cuerpo. Sentía un frio interno que lo asustaba. Necesitaba un consejero. Alguien totalmente sincero y confiable. Alguien que le dijera la verdad. Sus rémoras siempre buscaban quedar bien con él y le mentían. Él lo sabía. Besaban la mano que les daba de comer y eso no era lo que este rey necesitaba en este momento.

Fue la reina quien conocía de aquel Daniel de hacía años. Fue la mujer quien lo tuvo en la mira. Fue una dama quien lo recomendó. Ella sabía que aquel varón no la defraudaría. Que diría la verdad a pesar de quién se trataba. Escuchemos sus palabras: “…por cuanto fue hallado en él mayor espíritu y ciencia y entendimiento, para interpretar sueños y descifrar enigmas y resolver dudas; esto es, en Daniel, al cual el rey puso por nombre Beltsasar. Llámese, pues, ahora a Daniel, y él te dará la interpretación” ¿Estas segura, reina? ¿Confías en ese hombre anodino del que ya nadie se acuerda? ¿Sigue siendo el mismo pastor de hace años? ¿No ha vendido su conciencia a los ricos y poderosos? ¿No ha claudicado de su matrimonio? ¿Sigue siendo hombre de una sola mujer? ¿Le sigue diciendo “no” al pecado? ¿Todavía tendrá el valor de decirme la verdad a pesar de mi poder?

Creo escuchar la respuesta de la reina: “Tráelo, rey, Daniel te dirá la verdad. Te guste o no”.

Sin más palabras…

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