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2 Reyes, 7:9: “Luego se dijeron el uno al otro: No estamos haciendo bien.”

No. No estamos haciendo bien las cosas. Como los leprosos de esta historia que cuando entraron al campamento sirio encontraron abundante comida mientras en su propia ciudad la gente se estaban muriendo de hambre, ellos tomaron todo lo que pudieron. Se llenaron las bolsas de ropa, comida y bienes materiales. De pronto, uno de ellos exclamó: No estamos haciendo bien.

Y despertaron a la realidad de lo verdaderamente importante: compartir. Algo que la iglesia de Cristo hoy ha olvidado a menos que sea diciembre o que haya una tragedia natural. Sin embargo las cosas no se están haciendo bien. Como debieran pues.

Normalmente nosotros los pastores o líderes de iglesias la prioridad número uno es construir nuestro propio templo. Como Nabucodonosor nos queremos sentir orgullosos de un edificio, de los pisos y de toda la elegancia que podamos tener para reunir gentes que mensualmente cumplan con sus diezmos y ofrendas para cancelar el crédito al banco quien es realmente el dueño del edificio mientras no se cancele la última letra.

Ojo: no estoy en contra de hacer esto y mucho más. Lo mejor para el Señor, pero creo que en su debido orden. Hacer esto sin descuidar aquello. Porque, ¿y qué de los demás? ¿Qué de los pastores que no tienen láminas para sus escuálidos templos rurales? Y ¿Qué de los vecinos que no tienen suficiente comida en sus mesas mientras nuestros edificios rebosan de lujos? ¿Qué dirá el Señor de esto?

Me gusta la escena de los discípulos cuando le dijeron al Señor que la gente tenía hambre y que los enviara a sus casas a comer. Estaban solos. En el desierto. La ingratitud a la enésima potencia se hizo presente en ellos. Hacía tres días que no comían y nadie se interesó por hacer algo por esa gente que seguía las enseñanzas del Maestro. Jesús les dice algo que movió sus alfombras de comodidad: Denles ustedes de comer. Es decir, ustedes están todo el tiempo conmigo, no les falta nada. Yo me encargo de que tengan lo suficiente, pero esa gente solo los tiene a ustedes. Denles de comer. Y lo vergonzoso del caso es que cuando terminaron todos y recogieron las sobras, Jesús les dice: eso es de ustedes. Doce canastas. Una canasta para cada uno.

Tuve la oportunidad de viajar a Puerto Rico en donde conocí un templo hermoso. Lujo por todas partes.  Los libros y fotos del pastor con su esposa, dientes blancos y perfectos y sonrisa hollywoodense era la tarjeta de presentación del templo.  Era el epítome de la belleza. Lo más raro que pude ver fue que sobre el púlpito habían colocado una gran corona que lógicamente cubría a la persona que predicara allí. Sentí que era un atrevimiento coronar a un predicador aunque fuera simbólicamente. Traigo a colación aquella experiencia porque aunque aún no lo he visto todo, sí he visto algo en el mundo evangélico de los pastores que aman el lujo y la ostentación de sus proyectos. No sé si es pecado o no. Lo que sí sé es que alrededor pude ver colonias de personas pobres, champas y gentes sin zapatos deambulando cerca de ese lugar.

¿Estarían recibiendo su comida diaria? ¿Les estarían mostrando el amor de Dios en hechos y no solo en palabras evangélicas? Cuando regresé a Guatemala nació en mí un deseo ardiente de hacer lo que debía hacer: compartir con el que no tiene. Incluso, para vergüenza mía, debo contarles que de mi propio pastor escuché una frase cuando un diácono le dijo que una mujer necesitaba una ofrenda para darle de comer a sus hijos: La iglesia no es un lugar de beneficencia. Fue como una bofetada a mi fe. Porque si la iglesia no vela por la necesidad de sus vecinos, ¿quién lo hará? ¿Quién les dará de comer? ¿Quién los vestirá? No vengamos con la famosa frase que es Jesús quien lo hará. ¿No somos sus manos? ¿Acaso no somos sus enviados? ¿Sus representantes? Sé que indudablemente estoy pisando callos pero no puedo más que ceñirme a la Palabra que nos ordena darle de comer al hambriento. De compartir con el que no tiene. A abrir nuestras manos y dar un poco de lo mucho que hemos recibido. Debemos ir una milla extra. Una cuadra más. Una familia más. Un niño más. Una beca más.

¿Ya tenemos nuestro templo, nuestra radio y nuestro canal de televisión? ¿Estamos compartiendo espacios con los que no pueden tenerlo? ¡Buena pregunta, ¿verdad?

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