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viernes, julio 10, 2020

Somos mayordomos, no dueños

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Gènesis 39:9 “no hay otro que tenga mayor autoridad en esta casa como yo, y no me ha prohibido nada de lo que tiene, sino a ti, porque eres su esposa” (Versión La Unidad)

Bueno, seamos claros: No somos dueños, solo mayordomos. Esta frase si no la entendemos en su contexto puede convertirse en un estorbo para no comprender el papel que jugamos los líderes en la Iglesia. O los hombres en el hogar.

No es un secreto que muchos de nosotros, los pastores, nos hemos encumbrado tanto en el ministerio que el Señor nos ha confiado que hemos llegado a pensar que sin nosotros la Iglesia no puede estar en pie. La ínfulas de orgullo y petulancia nos han llenado el corazón al hacernos creer que somos el Non Plus Ultra de la congregación y que todos deben rendirnos pleitesía.

Nada más errado.

Jesús dijo que el que quiera ser grande que se haga pequeño. Que Él no vino a ser servido sino a servir. Y nosotros los que nos jactamos de ser sus seguidores debemos seguir su ejemplo. La Iglesia es la Esposa de Cristo. No es nuestra sirvienta. Él dio su sangre por ella. Por ella fue a la cruz. Por ella sufrió castigo inmerecido. Por ella puso su espalda para recibir los latigazos que estaban pagando el precio por los pecados de ella.

Y es lo mismo que debemos hacer nosotros. No solo por la Iglesia sino también por nuestra esposa. Somos los que llevamos no la batuta de la tiranía sino la dirección suave y tierna para que ella pueda sentirse amada, protegida y atendida como debe ser. Es cierto, como cabezas debemos ser firmes en guiar, enseñar e instruir con base en la Palabra Escrita, pero no para que abusemos de nuestro puesto que por Gracia y Misericordia se nos ha dado. En nada somos mejores que los demás. En nada somos superiores, excepto porque hemos sido puestos dos gradas más arriba que el resto. Pero no para enseñorearnos de las personas que humildemente se sientan a esperar un mensaje de Dios en labios del líder que les ayude a sobrellevar sus penas y angustias.

La dirección de la Iglesia y de nuestro matrimonio son paralelos. La diferencia es que la Iglesia se congrega en un edificio que puede albergar cientos o miles, pero nuestro matrimonio se alberga en cuatro paredes. Es por eso que muchas esposas de pastores de doble moral no creen en el mensaje que este predica. Porque a ella, como su oveja principal no la está pastoreando adecuadamente. No la trata como vaso más frágil sino le exige que se postre a sus pies como los sultanes de la antigüedad. No las ven como esposas sino como simples botes de basura en donde pueden echar toda su basura emocional y sexual.

Los hombres necesitamos saber a qué hemos sido llamados. Ignorar nuestro papel en el concierto de la Iglesia y del hogar ha hecho que fracasemos no solo en nuestra misión pero también en nuestro rol como esposos, padres y guías de nuestra casa. Ergo: La Iglesia sufre también las consecuencias. Porque hay un axioma, queridos líderes: Las esposas no callan lo que las hace sufrir. En algún lugar de su congregación hay una hermana que conoce el secreto escondido de su esposa. En alguna silla hay una hermana que sabe perfectamente los moretones que su esposa o sus hijos tienen debajo de sus ropas y que usted ha causado con sus ataques de violencia doméstica.

Sí, el Señor nos ha dado el privilegio de ser maestros, profetas, evangelistas y pastores. Sí, por medio nuestro el Señor ha hecho milagros, maravillas y portentos a favor de su pueblo. Sí, por nuestro medio el Señor provee para nuestras casas, para que siempre haya pan en la mesa de nuestros hijos, para que siempre haya sustento, pero no es por nuestra capacidad. No nos engañemos. Es por sus promesas que Él siempre cumple. El Señor no nos ha negado nada. Todo lo ha puesto a nuestra disposición, pero hay algo que no debemos tocar: Ni a su esposa la Iglesia ni a nuestra esposa. Nos ha puesto en eminencia, sí, es cierto, pero no para que abusemos de la Esposa de Cristo y mucho menos de la esposa que nos ha dado para que sea quien nos ayude a sobrellevar los conflictos de nuestra propia vida. José lo entendió muy bien y no se atrevió a tocar a la esposa de su amo. Nosotros debemos hacer lo mismo. Hay dos señoras que Èl no nos ha autorizado a mancillar: La Señora Elegida y nuestra propia señora.

Soli Deo Gloria.

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