El origen de la religión católica

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Quizá un tema polémico, pero necesario de conocer por todos los verdaderos creyentes en Jesucristo. Una mala interpretación de Mateo 16:18,ha servido a la religión de Roma pretexto para declararse como la iglesia que Cristo fundó. Lo cierto es que el apóstol Pedro no fue constituido como el primer Papa por el Señor como tampoco se puede sostener que el asiento original de la iglesia estuvo en Roma.

La historia seria, no manipulada por la misma religión, demuestra con firmeza documentada que el poder religioso de Roma no surgió de un día para otro.
La historia nos enseña que el cristianismo fue perseguido por el imperio romano desde el año 60 hasta el 313 por mandato del propio emperador. Por tanto, resulta ilusorio pretender que el papado ejerció autoridad religiosa desde Roma donde estaba su mayor enemigo.

Cuando Constantino firmó el edicto de Milán, prohibió toda persecución a los cristianos. Sin embargo, pasó algún tiempo antes que la persecución cesara definitivamente. Mientras, los cristianos tenían libertad para predicar el evangelio, los paganos tenían prohibido practicar sus cultos. Como el emperador Constantino se declaró cristiano y ofreció amplios beneficios a los cristianos, muchos paganos renunciaron a su vieja religión y se declararon cristianos por pura conveniencia.

El resultado fue que muchas iglesias comenzaron a ser dirigidas por hombres indignos que no tuvieron escrúpulos para torcer el evangelio y mezclarlo con el antiguo paganismo. Los antiguos dioses paganos fueron “cristianizados “, y los ídolos fueron revestidos con nuevos nombres cristianos. Por ejemplo la figura de Diana, la diosa madre, no tuvo problema en ser transformada en Maria, la madre de Jesús, con el niño en brazos.


El obispo de Roma comenzó a ocupar un lugar significativo en la sociedad romana. No a la altura del emperador, quien se decía sumo pontífice, pero debajo del emperador, porque él lo había constituido.
El concilio de Nicea en 325, convocado por Constantino y dirigido por Constantino para resolver la controversia arriana, demuestra que el obispó de Roma todavía no había alcanzado la cuota de influencia y poder que tres siglos después alcanzaría.

Las invasiones de los pueblos bárbaros fueron debilitando el imperio paulatinamente. Los territorios se fueron reduciendo y la capacidad militar se fue agotando al punto que algunos emperadores caían muertos en batalla. La capital del imperio fue transladada a Constantinopla, así llamada en honor a Constantino, y Roma comenzó a decaer de su antigua grandeza. Al perder sus beneficios como capital, la ciudad comenzó a poner sus ojos en el obispo de Roma, quien era la única figura que parecía ser capaz de gobernar y ordenar todo el caos en que Roma había caído.

No discutiremos la capacidad política, económica y diplomática del obispo de Roma. Pero el oficio de obispo no faculta para ejercer funciones terrenales sino espirituales. Y ese oficio de pastorear la grey había sido torcido, pues ya no era la Biblia ni el Espíritu Santo quien conducía a la iglesia a toda verdad sino un hombre, muy inteligente talvez, pero sin la investidura divina, sin la gracia de Dios, pero con respaldo de hombres.

Fue Leon primero el obispo de Roma que reclamó el título de Papa, y logró ese reconocimiento en todos los lugares aledaños a Roma. Pero el papado fue creciendo en influencia hasta que Gregorio primero en 600, hizo universal el reclamo y logró que aún los reyes de la tierra se sometieran a su autoridad.

No hay duda que el sincretismo originado por el decreto de Constantino, aniquiló la pureza del cristianismo perseguido. La iglesia funcionó mejor cuando fue perseguida y martirizada. El cese de la persecución trajo corrupcion espiritual a la iglesia y prácticamente el cristianismo verdadero desapareció y fue sustituido por una religión influyente que lo mantuvo en anonimato por mil años, hasta la reforma protestante del siglo 16.

La iglesia actual no debe olvidar las enseñanzas de la historia de la iglesia. Ya vimos lo fácil que resulta abandonar la fe verdadera a cambio de posiciones de influencia mundana, de favores económicos o de cuotas de poder que corrompen el corazón de los líderes.

Pronto estaremos dando cuentas al Señor y quizá le diremos: Señor, en tu nombre hicimos milagros y echamos demonios. Y muchos oirán: Nunca os conocí, hacedores de maldad.

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