La fe silenciosa

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2 Reyes 4:26 “…¿Le va bien al niño?” Y ella respondió: Bien”

La fe tiene varios matices. Bueno, no es que “tenga” pero somos nosotros quienes le hemos puesto esas diferencias. Por ejemplo, hay cristianos que dicen que tienen fe cuando en sus manos brillan los billetes. Dicen que tienen fe cuando van al súper y “logran” comprar todo lo necesario. Cuando comen en un buen restaurante ellos creen que tienen fe. Pero Hebreos dice la verdad tajante y dura: Es pues la fe, la certeza de lo que no se ve. O sea que muchos se engañan creyendo que tienen fe porque tienen lo que ven. Craso error.

En las Escrituras está la historia de una mujer de Sunem. Esta hermosa mujer nos da una cátedra de lo que es la fe. Es una fe silenciosa. Le he puesto así, porque cuando va en busca del profeta para que le resucite a su hijo recién muerto, va ella sola. Sola con sus pensamientos. Sola con su tragedia. Sola con sus angustias y revueltas emociones. No tiene con quién compartir una palabra. No tiene con quién hablar de lo que le duele, de sus dudas, de su dolor. Va ella sola por el camino incubando en lo màs profundo de su corazón la certeza de lo que aún no ha visto: a su hijo con vida. Pero sabe que lo verà. Sabe que quien le dio al niño lo puede restaurar a la vida. No duda ni un segundo. Quizá por eso la fe silenciosa es tan preciosa porque no hay a nuestro lado nadie que nos diga lo contrario. Nadie que nos contradiga y nos apague esa pequeña llamita al final de túnel

“¿Le va bien al niño?” Y ella respondió: Bien” ¿Cómo que le iba bien a esta extraordinaria mujer de Sunem cuando hacia unas horas había dejado a su niño muerto en la cama del profeta? ¿Como es que responde con tanta seriedad y firmeza a la pregunta del criado Giesi, sabiendo que la realidad es trágica y negativa para su vida? Ella no tenía hijo y el profeta en un gesto de agradecimiento le anuncia el milagro. La luz de la sonrisa infantil llega a su vida. Ahora su casa se adorna con los juegos y la alegría de un niño mucho tiempo añorado. Ahora que todo está color de rosa una nube oscura que presagia dolor y agonía llega a su vida. Ahora todo se vuelve negro. El horizonte no se ve agradable. Todo juega en contra de ella. Su pequeño ha muerto.

Pero es una mujer de carácter firme. Si tuvo la fe suficiente para esperar nueve meses que su vientre produjera al bebé anunciado, ahora, silenciosamente va caminando a la búsqueda del profeta para que le devuelva la vida a su pequeño. Ella no lo había pedido, se lo ofrecieron, así que bien pudo quedarse quieta. Se murió, ni modo. Qué le vamos a hacer. Al fin y al cabo ya lo disfruté por un tiempo, pudo haber pensado. Pero no. En su interior había una tormenta perfecta entre la comodidad de la pérdida o el silencio de la fe. Y eso es lo admirable en la sunamita. Ella tenía un coraje para creer que Dios podía devolverle lo perdido. Tenía la garra necesaria como el águila para no soltar su milagro. Ella iba todo el camino creyendo en la sanidad de su niño. El fracaso no era opción. Así que cuando Giesi le pregunta ¿todo bien? ella no duda en responder: todo bien.

Ese es el silencio de la fe. Es cuando la boca quiere decir no, pero el corazón dice sí. Es una lucha cuerpo a cuerpo. Entre la razón y lo invisible. Entre lo tangible y lo etéreo. Es un albatros en un mar tormentoso. Es una gota de esperanza ante un desierto de negatividad. Esa es la fe. Es lo último que queda en el fondo del alma. Es aquella llama que dice: tu hijo va a vivir. Tu hija va a regresar. No tires su ropa, espera con fe. Tu matrimonio se salvará. Tu canasta se llenarà. En tu mesa no faltará el pan. El trabajo te está esperando. La metástasis desaparecerá. Tu ministerio resucitará. La alegría de tu vida, como el sol, volverá a brillar en tu sonrisa. No dejes de creer. La fe es como la oruga: Cuando todo parece muerto, nace la hermosa y colorida mariposa. En el silencio del bosque de su vida se está produciendo el milagro de la fe. “No teman, manada pequeña” -dijo nuestro Maestro-, “no teman…”

La fe silenciosa no se discute en un ayuno en la iglesia. No se aprende en una vigilia semanal. No se aprende de una relación. La fe silenciosa es algo íntimo. Algo que rompe barreras, que no permite ni el màs leve asomo de duda. No se comparte con nadie hasta que el milagro se ha hecho. Es esa certeza de que lo que creemos va a suceder. La fe es algo tan personal que aunque todos digan que las cosas están malas, para el que cree las cosas están bien. Esa es la fe que muchas veces ni los propios cónyuges pueden compartir. Porque es algo solamente entre Dios y nosotros. La sunamita tuvo esa certeza. Y se cumpliò. Peleó su buena batalla de la fe.

SOLI DEO GLORIA

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