CUANDO TODO TERMINE, AÚN NO HABRÁ TERMINADO

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Pastor Mario Vega / Misión Cristiana Elim

De acuerdo a André Dumas la palabra esperanza significa, etimológicamente, respirar. De allí que la esperanza resulte ser necesaria para la vida. Dejar de esperar es realmente ahogarse. A pesar de lo oscuro de la noche la esperanza es la utopía que nos permite seguir caminando. Así, los salvadoreños esperamos la mañana después, cuando amanezca el día en que el problema de las pandillas juveniles violentas sea asunto del pasado. Cuando ese día amanezca no podremos cantar victoria, todavía habrá serios problemas que resolver. Uno de ellos será el de saber manejar todo el dolor acumulado durante estas décadas sangrientas. El dolor del sin sentido de haber perdido a un ser querido sin motivo razonable alguno. El resentimiento contra aquella persona que se sabe es el asesino de un hijo pero que nunca nadie se atrevió a testificar hasta que el delito prescribió. La impotencia de las personas que fueron humilladas, maltratadas y encarceladas sin más razones que las que expresó un mentiroso ansioso de librarse de una larga condena. El dolor de la abuela de ver a su nieta abusada por un par de semanas y luego devuelta como si es un objeto que se tira así nomás. El dolor de la madre que no volvió a saber más de su hijo desde el día que salió hacia la escuela y desapareció; sin dejar una tumba que visitar.

Toda esa rabia, impotencia y amargura podría desembocar en una frustración existencial o canalizarse hacia un rechazo hacia las formas aceptadas de convivencia. Para que eso no ocurra, se debería trabajar por el respeto y la dignificación de las víctimas. Dejando de ver la muerte de un ser humano como algo sin valor. Aun la muerte de un delincuente sigue siendo la muerte de un ser humano. Lastimosamente, se ha avanzado casi nada en la atención a las víctimas y no se posee ni siquiera un registro de las víctimas directas e indirectas. Tampoco un banco de ADN para identificaciones futuras. Se harán necesarios muchos ejercicios de justicia restaurativa, ubicación de cuerpos, recolección de testimonios, cerrar ciclos de duelo inconclusos. Cosas que, hoy por hoy, no se están haciendo y tampoco hay indicios de que vayan a comenzar a hacerse.

El otro gran tema será el de resolver las causas que provocaron la violencia. Si las pandillas se desarticulan por efecto directo de la fuerza del Estado, significará que las causas que las provocaron continuarán intactas y prontas a manifestarse en maneras nuevas de insatisfacción social. El resurgimiento de la violencia pudiera ser en la dirección de manifestaciones masivas de protesta, bandas de narcotráfico, mafias o anarquismo violento. Mientras no se alcance la conciencia de la necesidad de ir a la raíz del problema, estaremos condenados a repetir nuevos ciclos de violencia; con distintas formas y actores, pero siempre con multitud de víctimas, muchas de ellas inocentes. En la identificación y comprensión de las raíces de la violencia social se ha caminado un poco. Ahora son ampliamente conocidas sus causas, pero todavía no se actúa en consecuencia con ese conocimiento. Todavía no se logra separar el oportunismo electoral de la seriedad y dedicación que demanda un esfuerzo de este tipo. Si hemos de tener un mañana de paz y convivencia armónica, es necesario comenzar ahora mismo a establecer las bases que lo soporten de manera perdurable.

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