Job 2:9–10; 42:10–17
Hay dolores que cansan tanto que ya no se sabe qué decir. No porque falte fe, sino porque el corazón está agotado.
Cuando las pérdidas se acumulan, las palabras salen desde el quebranto.
La esposa de Job vivió ese momento. En poco tiempo perdió a sus hijos, su estabilidad, su tranquilidad y la vida que conocía. Vio a su esposo enfermo, desfigurado por el dolor y la vergüenza. Todo lo que daba sentido a su hogar se derrumbó.
Por eso habló como habló. No desde la rebeldía, sino desde el cansancio profundo. La Biblia no aprueba sus palabras, pero tampoco la presenta como una mujer malvada.
La muestra como alguien atravesada por el sufrimiento. El dolor, cuando no se procesa, termina hablando por nosotros.
Cuántas veces pasa lo mismo. Seguimos creyendo en Dios, pero estamos cansadas de perder, cansadas de esperar, cansadas de no entender. Y sin darnos cuenta,
dejamos que el dolor marque el tono de nuestra fe.
Pero la historia no termina ahí. Dios restauró a Job. Y al restaurar su vida,
restauró también su casa. El mismo Dios que permitió la prueba fue el Dios que devolvió lo que se había perdido.
El sufrimiento no fue el final. Esto nos deja una enseñanza clara y necesaria: No entremos al 2026 cargando amarguras ni arrastrando dolores que Dios ya quiere sanar.
Hay etapas que deben cerrarse, heridas que necesitan entregarse, y pesos que no fueron hechos para acompañarnos a una nueva temporada.
Dios no nos llama a avanzar desde la herida, sino desde la sanidad. No desde la amargura, sino desde la confianza en que Él sigue siendo fiel.
Si hoy el dolor ha hablado más fuerte que la esperanza, este es el tiempo de entregarlo a Dios.
Él no se asusta de nuestras lágrimas
ni se aparta de los corazones cansados. Dios sigue siendo especialista en restaurar lo que el sufrimiento quiso apagar.
Tomando Mi Nación Mujer
Emma de Cuéllar