Reforma protestante, eurocentrismo y globalización

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Juan Carlos Cárcamo

No hay duda que la realidad histórica es dinámica y el ambiente sociocultural reciente es propicio para el diálogo entre estos tres aspectos de la historia de la civilización. Las celebraciones en torno al 501 aniversario de la Reforma Protestante nos recuerdan un acontecimiento que es un hito en el desarrollo de la civilización moderna tal y como autores de la talla de Max Weber lo señalaron al vincularla directamente al desarrollo del capitalismo; pero este aspecto mencionado por Weber cobra mayor notoriedad cuando se revisan los resultados electorales en países como Brasil en donde se atribuye una enorme influencia al voto evangélico en función de agendas políticas con claros intereses económicos pero matizadas con temas más provocativas para el fundamentalismo cristiano, el cual, perturbado por mantener una agenda ético moral de corte modernista al estilo de los grandes avivamientos del siglo XIX en Europa liderados por personajes como Spurgeon, entre otros, se ve seducido a proclamar la validez de candidatos que les representan solo porque evocan sus axiomas básicos. Se ha vuelto tan fácil para un político terminar el discurso diciendo: Dios les bendiga.

Luego, aparece otro aspecto de la historia de la civilización que combina fácilmente con el auge de los recientes avivamientos evangélicos y se trata, como Dussel y otros autores han señalado, del eurocentrismo que domina la modernidad y la postmodernidad en aspectos epistemológicos, culturales, sociales y políticos. Ese eurocentrismo llego a América Latina en forma de cristianismo católico y al norte del Continente con expresiones de un protestantismo emigrante, sí asi es, emigrantes protestantes llegaron y se asentaron a los mismos pueblos que hoy en día preparan sus ejércitos para recibir a las caravanas de nuevos emigrantes que desesperadas se conducen desde escenarios de violencia y miseria en Centro América y se van en búsqueda de la sobrevivencia. Finalmente, ambas expresiones (catolicismo y protestantismo) representaban al cristianismo histórico y a una pugna intensa que en Europa había cobrado varios mártires. El nuevo orden civilizatorio exportado desde Europa consolidaba un metarelato que la ubicó al centro de la mismo de la historia universal.

Para el caso del protestantismo, los discursos y la retórica ilustrada entretejida en expresiones teológicas como los catecismos calvinistas y las discusiones arminianas, además de las novedosas formas democráticas de gobiernos eclesiásticos frente a las burocráticas y tradicionales formas de gobierno del catolicismo, generaron una idea de novedad, de distinción, pero la historia ha demostrado que el eurocentrismo puede cambiar de piel pero mantener sus principios fundamentales orientadas a la descalificación de cualquier expresión del pensamiento, de la cultura y hasta de la teología que no provenga del centro de la historia universal: Europa y más recientemente, la cultura americana, entendida como la cultura que emana de Norte américa con su base eurocéntrica.

Debemos preguntarnos ¿Por qué sabemos tanto de la Reforma Luterana y tan poco de la Reforma Radical? ¿Existe alguna expresión teológica criolla de américa latina a la cual la teología europea reconozca? Algunos responderán diciendo que la Teología de la Liberación, pero aún ella misma ha sido objeto de debates intensos que no han logrado reconocerla y otros, incluso, la satanizan.

En definitiva, los roles han sido definidos por una herencia eurocentrista en la cual, para el sur, el único camino es recibir y repetir el conocimiento que se forma en el centro de la historia universal. Valga mencionar que hay muchas personas que reducen la reforma protestante a las 5 solas y a las 95 tesis o ven el acontecimiento como una discusión teológica al interior de la iglesia católico romana y la desvinculan del intenso debate socioeconómico y político de la Europa de los siglos XV, XVI en adelante, debate que se recrudece a partir de la agenda expansionistas de las potencias europeas ya no solo en África sino también en América Latina.

A quienes afirman de forma radical la validez de expresiones como la sola escritura debemos recordarles el enorme problema que representa tener hoy en día líderes religiosos sin ningún tipo de formación teológica ni académica lo cual ha generado hasta escándalos públicos. A quienes sostienen, hasta de forma intolerante, el paradigma de la sola gracia debemos mencionar lo lamentable que representa el enorme número de creyentes en un continente que expulsa de sus naciones a sus pobladores por ser incapaz de ofrecerles la vida abundante que Jesús ofreció en el evangelio, por la falta de buenas obras, sobre todo, en materia de veeduría pública, lucha contra la pobreza, la corrupción y contra el abuso y la violencia, no hay duda, que necesitamos esas buenas obras para contrarrestar el estado actual.

He seguido una línea histórica y no eminentemente un análisis bíblico para el presente análisis para también recordar que, de acuerdo a los más básicos parámetros de la teología sistemática, Dios es el Dios de la historia y es el mismo que sigue obrando en diferentes pueblos, diferentes culturas y para diferentes formas de un mismo ser humano.

De este modo, hemos llegado a un evangelicalismo globalizado, industrializado, que genera a diario y de forma exponencial adeptos a franquicias cada vez más complejas, las cuales se convierten, algunas veces en maquinarias al servicio de agendas partidarias o geopolíticas sin capacidad de discernir su papel como seres humanos autónomos, sujetos de sus derechos y de su propia historia. Identidades afectadas por un colonialismo eurocéntrico, debido al cual, anhelan parecerse más a Israel que a sus antepasados y que conocen a fondo la cultura israelita del mundo antiguo, pero no tienen idea de sus principales acontecimientos, los cuales podrían explicarles su actual condición de vida.

El dispensacionalismo se ha impuesto, con su lógica de progreso muy similar a la lógica hegeliana y que promete develar el final de los tiempos en favor del triunfo de los que le siguen. El fin de la historia para los cristianos lo constituye el día que todo el mundo sea evangélico, pero los números en América Latina y sobretodo, en América Central no favorecen ese postulado. A pesar del avance del evangelicalismo, los números en términos de condiciones de vida parecen no avanzar o no afectar esferas de la vida humana en concreto como la economía, la política, la cultura. La pentecostalización de la liturgia ha abierto espacio al eurocentrismo evangélico con estilos y formas litúrgicas y musicales propias de la industria del entretenimiento.

En medio de todo lo anterior, prevalecen pequeñas comunidades auténticas que viven entre la sospecha y la utopía, herederos del espíritu inquieto de la reforma radical, de quienes ven en la escatología la posibilidad de un reino más humano en medio nuestro; del comunitarismo anabautista y valdense, la solidaridad necesaria frente a una civilización del capital, creyentes que cada día descubren el jesuanismo que animó a muchos, encarnado en las mayorías populares. Y animados en esa esperanza debemos caminar hasta la revelación del Dios de todos los pueblos y de la historia.

 

 

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