La conversión a la paz

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El alza de los homicidios que se produjo el viernes 20 de septiembre fue una ruptura de la tendencia a la baja de los últimos tres años y, sobre todo, de los últimos cuatro meses. Para casi todas las personas quedó muy claro que se trataba de un mensaje. El remitente, el destinatario y el contenido han sido explicados de maneras diversas y en consonancia con los intereses de quien interpreta. Pero, el hecho común y real es que se está utilizando la violencia como lenguaje. Ese mecanismo ha sido una constante en nuestra historia nacional y de la región. Se ha utilizado para alcanzar propósitos políticos, económicos y, últimamente, como una poderosa fuente de equilibrio emocional. La violencia social es el lenguaje que brota de la impotencia o de la desesperanza de los que no tienen poder.

El diálogo se completa cuando al mensaje violento se le responde de manera igualmente agresiva. La ciudadanía aprende que la lógica en la vida es la de devolver golpe por golpe. Que la hombría consiste en ser implacable y no perdonar una sola. La apuesta la gana quien se muestra más agresivo y cruel. Estos valores y principios se van reproduciendo en las relaciones entre vecinos, entre parejas, entre compañeros de trabajo y de estudio, y se encarnan en las políticas públicas. Hay un momento en que la sociedad entera se comunica por medio de la agresión, sin excluir el ámbito electoral.

Si aspiramos a tener una sociedad pacífica en la que no sea necesario drenar millones de dólares mensuales por causa de la violencia, es importante comenzar a cambiar los componentes del lenguaje y las narrativas que usamos. Pero eso implica ir en contra de los valores heredados por generaciones y que se encuentran impregnados en nuestra cultura y nuestra lógica. Y, de acuerdo con la neurociencia, han modificado nuestra configuración cerebral e incluso nuestro ADN. El renunciar a toda forma de violencia solamente se puede lograr por una conversión sincera que se profundiza cada día. Es una conversión a la paz y al arte de las relaciones entre humanos que otorga la habilidad de vivir en un mismo lugar sin violencia.

Esto es fácil de decir como concepto teórico, el problema es cuando debemos aplicarlo a la realidad de inseguridad de nuestro país. El lenguaje de la violencia incita a la mayoría a pensar en una respuesta de fuerza. Pero ¿hay un final real al problema de la violencia por la vía represiva? ¿Cómo se alcanza? ¿Poniendo a todos en la cárcel? Si así fuera, no hay que olvidar que en nuestro país no hay cadena perpetua. Todos saldrán tarde o temprano. Si a los que cometen delitos les vemos como animales y les tratamos como animales, saldrán como animales para actuar como animales. ¿No es eso empeorar el problema? No solo porque eleva la espiral de crueldad sino también porque refuerza la narrativa vengativa y destructiva que es rápidamente adoptada por las nuevas generaciones.

La conversión a la paz nos llama a cambiar el diálogo violento por un diálogo de razones que abra el espacio para las soluciones integrales. Incluso la persona más despreciable tiene sus motivos. Y si son millares los despreciables, no es por casualidad. Hay una razón que explica la violencia y debe ser identificada y resuelta. Lo demás, será solo propaganda electoral.

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